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Ella se baja de la camioneta dando un pequeño salto. Sus zapatos estilo borcego que alguna vez fueron “pitucos” y alguna vez fueron rojos hoy tienen el color gastado y cuando pisa el suelo entiendo porqué: Una nube de polvo seco y fino se eleva y cubre hasta los cordones. Ella cierra la puerta y camina decidida. Sus rodillas flacas cruzan el “patio” de lo que se supone es una propiedad. Acá no hay pasto. La tierra es todo y el límite son los arbustos o árboles bajos que marcan la frontera del desde dónde y hasta dónde es cada espacio. La luz del sol viene casi paralela a ese suelo desde la izquierda. Esa luz, que dedicó su día a evaporar cualquier vestigio de humedad, está por irse y cruza, casi naranja, para dar de lleno en la ropa que está tendida. Debe haber unos 20 metros de soga, con una prenda al lado de la otra: remeras, pantalones, corpiños, medias, buzos… Ella se agacha para pasar por abajo de la ropa y en el mismo movimiento me mira “-Esta imagen me gusta”, sigue caminando hasta el fondo donde en la puerta de una de las “casas”, más bien rancho, hecho íntegramente de barro y ladrillo alguien la saluda. Como curiosas suricatas, aparecen chicos que se asoman a mirar quién anda por ahí. Debe haber entre 7 y 10, de entre 6 y 18 años. Ellos juegan con una oveja que anda dando vueltas suelta por el patio y cada tanto me miran tímidos esperando que les saque alguna foto. Ella habla con una señora que luego me entero es la abuela de todos esos chicos: “Yo cobro mi pensión y mi marido la suya por jubilado. Con eso mantenemos a los chicos. Pero estamos esperando que la municipalidad nos ayude con el tema del oxígeno de la madre así la podemos traer para acá y tenerla en casa. Ella está internada en el hospital en Santiago Capital, yo estoy cuidando a los chicos”, comenta sin sufrimiento alguno. “Bueno, pero cualquier cosa que necesite nos avisa. ¿Está buscando la leche para los chicos? Cuando pueda, pase por el centro y le damos”, le contesta ella, con ojos brillantes y mirada profunda. Atenta a todo lo que la abuela dice, sin dejar de comerse la uña del dedo gordo de la mano. Es más un tic, que comerse la uña en verdad. Una suerte de reflejo que delata que cuando hace eso, es que por su cabeza están pasando infinitas ideas y preocupaciones. “Si, si. Una vez por mes, más o menos, voy. A nosotros nos queda lejos y no tenemos como ir. Igual hacemos lo que podemos. Por ahora los chicos están bien.”

Subimos a la camioneta. Un carro a caballo pasa con un chicos que al verme con la cámara gritan y posan obscenos para la cámara. Para ellos, todo es un juego y cualquier excusa para divertirse y evitar sentirse abandonados es buena. Es como si buscaran la foto para saber que existen. Más adelante, en la banquina de la ruta, unos chicos revuelven la basura buscando comida o algo que les pueda ser útil. “La basura de unos es el tesoro de otros”, dicen… Ella y sus dedos largos, femeninos, agarran el volante con firmeza. No deja de mirar el celular y contestar mensajes. De tanto en tanto deja de lastimarse el dedo y comparte sus ideas: “Si no consigue el tubo de oxígeno esta semana puedo probar de hablar con Juan Carr, o ponerlo en Facebook. Ahí lo consigo seguro. Pero es mejor esperar a ver si la municipalidad la ayuda. Lo importante es que no se sienta abandonada.” Y otra vez esa palabra me retumba en la cabeza: Abandono.

Seguimos camino y vamos a lo de Matías. Su padre falleció hace tiempo, su madre esta internada por un cáncer terminal, su hermano mayor está en la cárcel, su hermana está en el hogar pero él no quiere ir. Tiene miedo de que si entra, no lo dejen salir. La hermana le lleva la comida todos los días a la casa y la idea es que al menos el se acerque al hogar a buscar la comida. Ella está indignada. Quiere ayudarlo pero el no quiere. No va a la escuela y se está “en la mala junta” como dice su hermana. Sólo, en su casa todo el día, se junta con los del barrio “Le meten pastilla a la gaseosa”, me cuenta su hermana más tarde. Matías no la mira a los ojos, y mira al suelo. A toda pregunta balbucea un “Si” dudoso. Nos subimos a la camioneta y seguimos camino. Ella se sigue comiendo la misma uña desde que salimos. Su preocupación tiene sentido. Esta historia se repite una y otra vez, desde hace más de 5 años, cuando decidió irse a vivir a Añatuya. Nada desentona más en este escenario que una chica de 30 años, de pelo largo casi pelirrojo y hasta la cintura. La ganas de ayudar son su motor. Las ganas de cambiar el sistema, su combustible. Ella no es rara. Ella no es especial. Lo especial es lo que hace y cómo lo hace. Se llama Catalina, como millones de otras Catalinas que debe haber en Argentina.

¿Qué es ayudar? ¿Alguna vez ayudaste a alguien? ¿Te ayudaron alguna vez? ¿Todos pueden ayudar? ¿Qué hace falta para cumplir un sueño? Estas son algunas de las preguntas que fuimos haciendo en Santiago del Estero, por los 6 centros donde Haciendo Camino trabaja principalmente para resolver el problema de la desnutrición infantil. Un trabajo hecho de manera integral, empoderando a las madres y buscando cambiar aunque sea un eslabón del circuito. “Modificando a un integrante del sistema, se modifica todo el ambiente. Lleva tiempo, pero es la manera que elegimos trabajar. Yo creo que si las madres empiezan a entenderse, a valorarse, a saber decir que no, a comprender como alimentar a sus hijos y porqué, el proceso cambia de rumbo y en vez de estar destinado a repetirse, generamos un cambio.” Dice ella, mientras mira la ruta y decide cómo seguimos. Su convencimiento es tal que las palabras le salen desde adentro, cree fervientemente en lo que hace y la naturalización de la idea lo hace más creíble. No es un futbolista repitiendo un casete. Es una mujer de 30 años que hace tiempo, como dice ella, decidió dejar de quejarse para empezar a hacer. Y definitivamente, está haciendo.

La impronta es muy compleja. Cambiar el sistema es el objetivo. Pero no la idea hippie de los 70′, tampoco la idea postmoderna de la protesta por la protesta misma. El país que no miramos, está plagado de historias de familias enteras que ignoran lo que es vivir, al menos como lo concibo yo. Tienen hijos sin saber que los hijos vienen después del sexo y tienen hermanos sin saber sus nombres. Son familias cuyos padres quieren la potestad de los hijos para cobrar la AUH y así poder comprarse una moto. Padres que se pelean por tener un hijo con Síndrome de Down para cobrar el plus por tener un hijo discapacitado. Pero no son culpables. Para nada. Son víctimas de la ignorancia. Son víctimas de un sistema que los tiene olvidados al punto que parecen no existir. Son vítcimas de una sociedad que los abandonó y los abandona día a día. Hijos, de hijos, de hijos, de la ignorancia extrema, la falta de educación y la supervivencia. Hijos, de hijos, de hijos, de padres, que no saben que hay que alimentarlos, que a un bebé recién nacido le dan yogurt de comer porque “si es caro debe ser bueno”. Ella, insiste y repite: “Una persona sólo puede dar aquello que recibe. Si no recibe amor, si no recibe afecto, si no recibe cariño, es imposible que lo pueda dar. Lo veo con los chicos del hogar. Cuando llegan, vienen de familias que los maltratan, abusados, lastimados. Nos los entrega el juzgado porque su familia le es hostil. Y llegan violentos, agresivos, sin límites. Pero a los pocos meses, cuando en vez de retarlos, les ponemos retos, cuando pasan un tiempo en convivencia donde los abrazamos, los queremos. Donde ellos se alimentan, comparten con otros chicos la alegría de estar vivos, cambian radicalmente y son puro amor. El cambio es impresionante. Y es una muestra de que el paradigma se puede romper.”

Seguimos viaje y pregunto con total ignorancia: “¿El problema es que hay desnutrición o malnutrición?”. Ella, casi retándome, contesta: “¿Cuál es la diferencia? Hay desnutridos proteicos, pero el malnutrido es un desnutrido. Lo que hay son bebes que no son alimentados bien y madres que no se alimentan bien ellas mientras están embarazadas. Incluso hay estudios que dicen que es importante la alimentación de la madre antes de quedar embarazada.” Así recorremos la provincia, por caminos de tierra y rutas provinciales que son un pozo al lado del otro. Visitamos familias, entrevistamos a madres y hablamos con los chicos. Veo como trabajan, como pesan y miden a chicos desnutridos. Cómo las madres responden con ignorancia y miedo a cualquier pregunta que les hace la nutricionista o la estimuladora. Escucho historias trágicas de chicos de 8 años que vieron a su padre matar a su madre. Hablan de sangre, de golpes y de maltrato. De la alegría de que su padre esté en la cárcel. En los centros hay mezclas de todo tipo de historias pero lo que si es claro, es que sienten la presencia y el acompañamiento de Haciendo Camino. Algunas incluso se emocionan cuando cuentan sus historias. ¿Qué es ayudar? ¿Cualquiera puede ayudar? La humildad en sus respuestas no deja de sorprenderme y me rebota en la cabeza cada vez que escucho la pregunta. Desde el dilema sociológico de la palabra hasta su origen:

“El verbo ayudar viene del latín adiutare, frecuentativo de adiuvare, y este de ad (hacia) + iuvare: ayudar, respaldar, complacer. En latín se relaciona con iuvenis, joven, iocundus (de iuvicundus), agradable, gracioso, y iumentum (ayuda para el arado). Ver: jumento, senectud y junior. Se asocia con la raíz indoeuropea *yeu, fuerza juvenil, que da yuva en sánscrito, jaunas en lituano, youth, young en inglés” (*)

No me llama la atención la relación de la palabra ayudar con la juventud y la fuerza. Si hay algo que “la ayuda” tiene, es un motor que nace en la fuerza interior y las ganas de lograr un cambio. Algo que cambia de estado, de estar mal, a estar bien. De no estar, a estar. De no ser, a ser. Y eso se ve, se nota, se transpira en cada paso que se da en el trabajo de las ONG. Primer cumplir propósitos, para luego cumplir objetivos y que luego se transformen en sueños cumplidos.

Grafiti en Añatuya, Santiago del Estero. Creo que el sistema deja de ser una mierda cuando nos damos cuenta que es modificable. Está en cada uno ver que hacemos para que el sistema cambie.

Este “desastre silencioso” es el peor de todos los desastres. Cuando hay una inundación, un terremoto, una tormenta, cualquier desastre natural que demanda una ayuda urgente, nos solidarizamos todos y no tardamos en estar presentes, en hacer que el necesitado no se sienta abandonado. La desnutrición infantil es sólo una luz roja de alarma que se prende muy tenue y no como una alarma repentina. Es sólo la punta del iceberg de un sistema que abandona por completo a miles de argentinos que están fuera. Fuera de todo. Del alimento, de la educación, de la seguridad, de la salud, del amor, del cuidado, de todo. Son argentinos que están fuera del margen, ahí donde nadie los lee, donde nadie los quiere ver. Argentinos que los municipios desplaza “para que no se los vea”. Argentinos que no ven Tinelli, ni saben lo que es un fondo buitre. Que su preocupación es saber si comen cada dos días o cada cuatro. Es un desastre silencioso, porque de a poco los va aniquilando, sin que estemos ahí para ayudarlos simplemente porque naturalizamos sus carencias como algo que no es urgente. Y porque la solución no está en donar un colchón, ni un cartón de leche. La solución está en saber que existen, en escucharlos, en trabajar con ellos para que al menos un integrante del sistema cambie y el círculo se rompa. La solución está en lograr que las generaciones que le siguen reciban lo que se merecen y entiendan que pueden tener la oportunidad de elegir.

Este abandono no sólo está presente acá, en Santiago del Estero. Desde que empecé a trabajar con Organizaciones Sociales, tuve la oportunidad de experimentar el abandono en que vive la gente en varias puntos del país. Desde CABA hasta Chaco. Desde Añatuya en Santiago del Estero hasta La Plata. Y la palabra que me queda rebotando siempre es “abandono”. Son personas que el sistema los abandona, que sus familias los abandonaron. Que la política los abandona y que cansados de luchar abandonan a los suyos e incluso se abandonan a ellos mismos. Se convencen de que nunca van a poder cambiar, de que su destino es ese y no conciben la posibilidad de tener oportunidades. Un abandono que echa raíces profundas y se sistematiza para el bien del político de turno que promete sin cumplir, que los hace visibles e invisibles dependiendo de las necesidades electorales y que definitivamente no tiene ganas de modificar el sistema. Gracias al trabajo de organizaciones como Haciendo CaminoCimientosVoy con Vosy muchas otras más, me consta que el cambio es posible. Pero sobre todo, creo que el legado está en que el paradigma está en manos de jóvenes que cada vez tienen más espacio, más seguridad y más convicción de que el cambio no está en el asistencialismo, sino que en buscar modificar los eslabones del sistema, uno a uno. Persona por persona. Historia por historia. Aunque se queden sin dedos para expresar sus nervios.

Mientras, me sigo preguntando: ¿Qué es ayudar? Aunque por ahora, me quedo con la respuesta más simple que me dieron: “Es hacer algo por alguien.”

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