Creo que tenía alrededor de 12 años. Era uno de esos clásicos veranos de Buenos Aires donde el programa del Domingo era levantarse temprano, cruzar Figueroa Alcorta y esperar en la esquina de la Shell al colectivo que me llevaba al Club. No sin antes ver el mismo y cuasi patético cuadro de los tres preservativos usados en la misma esquina, como todos los domingos. Tirados en el piso, al borde de la alcantarilla. Me acuerdo de haberme imaginado historias múltiples de encuentros fortuitos de sábado por la noche de algún vecino, sin entender el porqué de la necesidad de tirar los preservativos siempre en la misma esquina.

 

Y así arrancaba el domingo, esos donde el sol partía el asfalto y el programa completo era salir temprano al club y pasar todo el día allá. Esos días donde el objetivo es consumir energía. Un poco de Fútbol, un poco de pileta, otro poco de fútbol, otro poco de pileta, un torpedo de limón y vueltaa casa justo cuando se ponía el sol. Con los hombros y los cachetes ardiendo, sufriendo lo que a la noche se transformaría en una picazón que el simple roce con las sábanas iba a desencadenar.

 

Emprender la vuelta no era tarea fácil, la clave era hacer dedo en la puerta del club y conseguir que algún alma caritativa decida traerme de vuelta a casa.Esa vez , un “Señor” (a esa edad toda persona que maneja una auto es un señor) se apiadó de mi y de mi amigo a quien llamaremos “Josecito” y decidió llevarnos. Me acuerdo que el auto era blanco, pero no la marca ni el modelo. Lo que si me acuerdo perfecto fue el recorrido que hicimos. Como todos los domingos, la Panamericana (que en ese entonces tenía dos carriles solamente) era intransitable por el tráfico por lo que optamos por volver “por adentro” e ir bordeando el río, hasta el Tigre y ahí tomar la Panamericana ya más descongestionada para llegar al centro. Cuestión que mi inquisidor compañero de viaje Josecito, bombardeó a preguntas sobre todo tipo de cuestiones adultas a este “Señor “que no tendría más de 25 años. Pero que para nosotros era una eminencia en todo tipo de cuestiones.

Y vaya uno a saber porqué hoy me levanté recordando el momento justo en el que cruzábamos un arroyo, era a la altura de San Frenando. Y tengo la imagen grabada en la cabeza de mirar por la ventana y ver la baranda blanca del puente y el arroyo marrón cargado de sauces verdes, cuando Josecito disparó la pregunta “¿Y? ¿Tenés novia?”. A esta altura de la conversación ya había confianza suficiente como para tutear al piloto que nos había iluminado con todo tipo de cuestiones de la vida adulta. Y el piloto, ese joven señor, la voz de la experiencia para estos dos púberes que esperaban atónitos una respuesta en el asiento de atrás, en ese viaje donde me ardían los hombros de tanto sol y los ojos de tanto cloro en la pileta, respondió mirándonos por el espejito del auto: “Uff. Las mujeres… Bicho difícil la mujer.” Y se quedó callado por un largo rato.

 

    3 Comments. Leave your Comment right now:

    1. by vak

      buenisimo. sabiduria criolla, lo resumio en 4 palabras. nada mas que decir.

    2. by Anonymous

      Que buena añoranza !
      Algunos aprendieron a estudiar a los¨ bichos¨ no es imposible te aviso, segui moviendote y lo lograrás ! vale la pena ! Palabra de bicho

    3. by Anonymous

      🙂 Que bueno que tengas la capacidad de rescatar estos recuerdos, ¡y la voluntad de compartirlos!
      Y acordate que hay bichos que se transforman en otros mas lindos, como las mariposas

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