Hay algo en la filosofía de aquel que sostiene un vaso, del tipo de vaso que sostiene que lo lleva a un lugar distinto. No e sol mismo un vaso de whiskey, que un vaso de vino. No es lo mismo ir a encarar una mina en un bar con las manos vacías que con un vaso en la mano. Será inseguridad, llamalo como quieras, pero es algo. Y la cuestión es que no es algo puramente masculino. Nada más sexy que una mujer que sabe beber en la barra de un bar. Una mujer que maneja con gracia una bebida sin volcarla, una mujer  que sabe elegir una bebida adecuada (Nota del autor: Negativito para las mujeres que piden daikiri. No son mujeres, son niñas).Hay una relación casi carnal entre el vaso, el recipiente, la bebida y su bebedor. Es así que con el paso del
tiempo, y tal vez con alguna injustificada “justicia por mano propia” tirándomelas de zurdo, anti-capitalista o como queiras llamarlo, me fui “haciendo” de vasos de bares. “Con lo que te cobran el trago, el precio del vaso está incluído”, me escuché decir alguna vez sin creerme mi propia premia.

Un impulso que me remite a mis más puros intentos de hacer perdurable lo finito. Un intento de atesorar en objetos, momentos y recuerdos, que se limitan solamente a enmarcar noches de bebidas, amigos y parejas. Momentos que pasan por el oído, el tacto, el olfato y sobretodo el gusto. Y con ese gusto se acompaña un vaso y ese recipiente se transforma en tesoro, en un vaso. Tal vez el material más frío que exista, el vidrio. Un vidrio que es transparente, no guarda colores, ni olores, ni gustos ni nada. Un material aséptico que no tiene memoria alguna. Pero para mi encierra momentos que tengo miedo de olvidar, de perder. Vaya paradoja…

Y así me fui haciendo ladrón. Un cleptómano de recuerdos envasados que sin justificación alguna -Si Sr. juez. Soy culpable. Soy un melancólico empedernido-, hoy pasan a ser parte del inventario hogareño. Y cuando alguien viene mi casa y pregunto “¿Qué querés tomar?”, formulo la pregunta pensando en que recuerdo envasaré esta próxima historieta que es mi vida.

…y cada vez que me sirvo algo, sea lo que sea, lo envaso en un recuerdo resignificando cada momento, pero siempre guardando la raíz que dictamina que “este vaso fue aquel que…”. Los recuerdos me puede, más que la realidad a veces.

Y como dice el guión de aquella película donde vuelan bolsas frente a paredes de ladrillos “Necesito recordar”.

 


Agarré un vaso. No cualquier vaso. Ese vaso de whiskey que me llevé “sin querer” en el bolsillo del montgomery que me regaló/afané a mi viejo/le había regalado mi vieja a mi viejo, del recital de Delta Spirit donde me saqué una foto con Matt y le pegó un conejo a su armónica. Ese vaso que me acompañó por el resto de la noche, de viaje brooklyn y vuelta a casa. Ese vaso de bar que debe tener más bocas que el subte de parís (por decir algo).

Entonces agarré ese vaso, le metí cuatro hielos chiquitos, de esos que hace la cubetera que viene incluída en mi heladera que es “La marca de la multimujer” (Me gustaría tener una de esas, una “multimujer”. Vaya uno a saber que significa.). Un vasito que parece pequeño pero debe tener el espacio justo para una medida y media más dos hielos (Los yanquis suelen calcular todo por miedo la juicio). Y entonces caminé dos pasos, salí de la cocina y llegué a la botella. Ya queda menos de un cuarto y pensé, “No hay día que no me tome un whiskey cuando vuelvo del laburo últimamente. Debo estar entrando en “esa” edad.” Son cosas que pasan, supongo. Después, mientras veía el whiskey mojar el hielo pensé en porqué algunas botellas vienen con pico vertedor y otras no. Deberían etiquetarlas distinto “Para borrachos apurados” y “Para discretos”. Yo creo que compraría la segunda. Aunque admito que me gusta juntar con mis dedos las gotitas que quedan sobre mi estante de fórmica negra cuando salpico y chupar el whiskey de ahí. Es como una muestra gratis de lo que viene.

Entonces llevé el vaso al piso -me falta la mesa ratona todavía-, al lado del silloncito nuevo (pero viejo, muy viejo) y fui a buscar un vinilo. Era momento de estreno. Que mejor momento que un viernes cuando todo terminó, y todo va a empezar. Agarré “In Rainbows” de Radiohead. recién llegado a mis manos. Con el celofán puesto. Sutilmente busqué la esquina, con la poca uña que me queda arranqué la esquina y vi como se desmembraba la transparente sustancia que me separaba de un gran momento. Tiré al tacho el celofán, como todo un preámbulo, saqué el disco.”Side one” hacia arriba. me cercioré de tener el volumen bien puesto. La púa y la cápsula también eran nuevas, al menos para mi (me encanta comprar usado. lo que la gente descarta ya suele tener historia y comprar usado, carga con eso). Puse el disco y empezó´ø agriar. El strobo marcaba que la velocidad era la correcta. Estaba todo listo. Bajó la púa y puse pausa. Hice dos pasos, llegué la dimmer y bajé la luz) volví al tocadiscos, bajé la púa y estirando mi mano izquierda llegué la vaso que me estaba esperando. Ya listo… Casi 15 pasos para llegar al momento perfecto. Me senté en mi silloncito nuevo (pero que es viejo, muy viejo) y me quedé mirando pro la ventana. Mirando cómo extrañamente, la torre de la izquierda siempre, pero siempre, tiene menos luces prendidas que la de la derecha… Algún día, lo voy a descubirir.

Me paré para dar vuelta el disco, evento que coincidió justo con mi vaso vacío por lo que rellené del almibarado whiskey. Y llegó el turno de la canción “Reckoner” y fue imposible no acordarme de mi primer semana en Nueva York, cuando fui al cine sólo, por primera vez en mi vida. Y vi “Choke” y tenía a “Reckoner” como tema para los créditos finales. Y salí del cine extasiado. Eran las 3 de la tarde, y salir del cine sin hablar con nadie fue una sensación muy extraña. Pero tener que guardarme todas las ideas fue una sensación placentera, extraña y no muy común. Pero me gustó. Y cada vez que escucho el tema, es inevitable acordarme de esa película que cinematográficamente no tiene nada especial, pero para mi, quedó como lo que fue. El cine tiene ese poder. Eso que fue un ayer queda hoy.

En cambio ahora, hoy, sólo me voy a quedarme mirando. Porque tal vez, en un rato la llame y va a estar todo bien. Todo. Muy. Bien. Todo. Más. Que Bien.


Nos levantamos temprano, como casi todos los sábados. Cargamos todo en el Falcon rural, todo… La video cassettera portátil marca “National”, la tele Grundig blanca, comida para todo el fin de semana, las pelotas de paddle, ropa, etc. y partimos para Morón. Como casi todos los fines de semana, íbamos por la autopista “Primero en ver el castillo de los juguetes”, “Primero en ver la torre del Interama” “¿Papá, me comprás un barrilete?” (de esos que vendían en la banquina de la autopista). Pasamos por el templo ese que en la torre más alta tiene un ángel dorado -o algo parecido- del que discutíamos si tocaba la trompeta o miraba con un telescopio al horizonte. Era un rutina perfecta que ahora, desde la distancia del tiempo, parece agotadora e inentendible “¿Se llevaban la tele y la video cassettera para ver un película el sábado a la noche y después la traían de vuelta?”. Si, eso hacíamos, todos los fines de semana. Todo el viaje tenía ese olor a cuasi-vacaciones, a verde, a escapada de la ciudad, casi que a aventura, a estar en familia. Ir a “La Giovanna” siempre traía algo nuevo.

Yo tendría 10, 12 años supongo. Y ese sábado, porque sí, se me había ocurrido que estaría bueno tener un yo-yo y porqué no, fabricarlo yo mismo. Tirado en el asiento de atrás del Falcon mirando por la ventana le conté a Papá mi idea y me dijo que le parecía buenísimo que yo me lo haga. El plan era muy simple, cortar un tronquito de madera en dos finas “fetas” y agarrar un tercero meas finito y clavarlo entre los dos. Agregarle un hilo y listo. Ese sería mi primer yo-yo. En mi cabeza era muy simple y no podía fallar. Me acuerdo perfecto la sensación de entusiasmo que me daba tener un plan tan complejo pero tan simple a la vez. Lo que también me acuerdo, fue el gran incentivo que me dio Papá para que lleve a cabo el plan.

Y así fue. Ni bien llegamos, corrí adentro, agarré la llave del galpón, (esa llave bien larga que ahora uso de llavero de mi casa como recuerdo) me fui a buscar el serrucho y encaré para el monte a buscar la materia prima de mi obra maestra. A la hora ya tenía dos desprolijas lonjas de un mismo diámetro y un pedacito de madera para hacer el centro. Le puse un par de clavos y até el hilo esperando lograr grandes acrobacias con mi nuevo yo-yo hecho en casa. No estaba muy conforme con el resultado final a decir verdad, en mi cabeza el yo-yo era más perfecto, pero cortar la rama no fue tarea fácil. Mi manejo del serrucho era bastante paupérrimo y además me acuerdo haber tenido problemas con los clavos porque la madera estaba medio verde y se rajaba cuando intentaba clavarla.

Cuestión que le puse el hilo y cuando traté de hacer que funcione se me vino el mundo al piso. La desilusión fue enorme al ver que el yo-yo no bajaba ni subía. Lo que tenía en la punta del hilo no tenía nada de diferente a atar una piedra y no podía entender porqué.

Entonces fui a mostrarle a Papá para que me explique porqué estaba mal, cuál era el problema. Qué era lo que había hecho mal o más simple aún: Cómo podía hacer que funcione. Papá, con esa autoridad que tiene las palabras de todo padre aunque sean muy suaves me dijo: “Y no, no va a funcionar. Un yo-yo tiene que estar perfectamente balanceado para que suba y baje parejo. Las partes tienen que pesar lo mismo y tener la misma forma exacta”. Me acuerdo perfecto la bronca que sentí en el momento. No me acuerdo si le pregunté o no, pero mientras pensaba “¿Por qué esperaste a que lo termine de “fabricar” y o me avisaste antes que no iba a funcionar?” Papá me dijo: “Pero muy bien que te propusiste algo y lo hiciste. Eso es muy bueno.”, y se fue.


“Estas cosas sólo te pasan a vos”
Buenos Aires, Puerto Madero, una de las últimas noches de veranito antes de que el otoño se instale definitivamente. Un recital, tres bandas, cero pesos. Gracias a mi compañía de celular, el show era gratis.
Todo empezó a las 19hs con Bicicletas haciendo lo que saben hacer. Muy tranquilo, ni muy cerca ni muy lejos del escenario, difruté de buena música y un ameno show. Después vino Edward Sharpe and the Magnetic Zeroes (la banda que más me atraía de las tres) y de a poco, a medida que el show fue ganando emoción me fui adelantando y acercando al escenario. De a poco los pies se fueron despegando de la tierra y dejé que el cuerpo se deje llevar por la masa humana que bailaba al ritmo del hippie neofolk de esta banda de Los Ángeles.
Después, era el turno de Jane’s Addiction. Esos noventosos que nunca vinieron en sus buenas épocas pero que como siguen teniendo alma y espíritu de rockstars siguen haciendo lo que mejor saben hacer. Para cuando se descolgó el telón y explotó el primer tema, ya estaba a 10mts del escenario sumergido en un voluptuoso pogo que saltaba sin parar.
Como ya estoy viejo para estas cosas me fui alejando de los apretados cuerpos para ganar un poco más de espacio. Cuando estaba relativamente cómodo me dí cuenta que nunca le había avisado a mi amigo que me había ido y volví a buscarlo. A los tres minutos y arrastrado por la ola humana que buscaba romper en el escenario terminé saltando a tres metros de la valla buscando a mi amigo mientras sentía como una sigilosa mano, en pocos segundos, me sacaba el celular del bolsillo.
Paré todo. Separé gente, busqué en el piso. Grité a los que tenía cerca “Me afanaron el celular”…. Jane’s Addiction seguía tocando como si nada y yo estaba ahí. Sin mi amigo y sin mi celular. Las estadísiticas dirán que en este tipo de situaciones, si no lo encontrás en los primeros 5 minutoos, dalo por perdido. Y así fue. Me fui enculado, puteando para todos lados, sin mi amigo y sin mi celular.
A los 20 minutos más o menos, le pedí a una amiga que me preste su celular, para llamar al mío y ver si alguien contestaba. Después de 4 ó 5 llamados y escuchar sólo mi voz en el contestador del otro lado pensé: “Puede que no me lo hayan robado y que esté en el piso, ahí adelante.” Entonces decidí volver al lugar de los hechos, para llamarme y ver si veía en el piso una luz que me marque el camino. Mientras caminaba hacia el escenario y me seguía llamando a mi número infrutuosamente, pasó lo impensado. Adelante mío, en sentido contrario, pasó un tipo con mi celular en la mano. Mientras Jane’s addiction desplegaba su escenografía, la gente gritaba y vibraba con la música se dió el siguiente diálogo:
Mariano: “¡Falco, ese celular es mío!”
Flaco (que en realidad de flaco no tenía mucho): “¿De qué hablás?”
Mariano: “Sí, Flaco. Ese celular es mío. Mirá. Me llamo y suena”.
Flaco: “Pero este lo encontré allá adelante. ¿Cómo sé que es tuyo? No te lo doy nada”.
Mariano: (mientras agarraba mi celular para que no se lo lleve) “Flaco, ese celular es mío. Devolvémelo. ¿No ves que suena cuando me  llamo?”.
Flaco: “¿Pero cómo sé que es tuyo? Vamos allá al fondo, a seguridad, y demostrás que es tuyo.”
Mariano: “Flaco, no vamos a ningún lado. Ese celular es mío y me lo das ahora.”
(Se ve que los gritos eran bastante fuertes porque se acercó un buen samaritano que se dio cuenta de la situación.)
Buen samaritano: “Flaco. Tranquilo. Es de el. Dáselo y no jodan más.”
Flaco: “Bueno loco. Pero tranquilizate. Yo no se si es tuyo. Pero tomá. Está todo bien.”
Mariano: “Está todo bien. Gracias flaco. Tranquilo.”
El flaco me abrazó, me besó. hizo las pases y se perdió en la multitud.
Buen samaritano: “¿Cómo te salvé ehh?.”
Mariano: “Sí loco. Mil gracias. Lo perdí hace como media hora allá adelante.”
Y me fui con mi celular. Perdido (O afanado. Nunca lo sabré) y recuperado. En el medio del pogo en un recital donde había más de 2000 personas.
¿Qué posibilidades había de que esto pase? Prefiero ni pensarlo.

27Jan

disfrutalo

Simplemente me encanta cuando al comprara algo, lo que sea, el vendedor te entrega la bolsa con un sentido “que lo disfrutes”. La primera vez que me acuerdo de haber notado esto fue cuando me compré un mate en Plaza Francia hace ya más de 15 años. La “artesana” (lo pongo entre comillas porque no sé realmente si lo fabricaba ella o alguien en Formosa) lo puso en una bolsita y me lo dio mirándome a los ojos mientras me decía “que los disfrutes”. Hubo algo ahí, en esa transacción comercial, en ese pase de manos que hizo que esté bueno. Que me den ganas de llegar tomar mate con más ganas.

…cada vez que uso esa calabaza me acuerdo de ella. Es muy simple, pero los buenos deseos cuando vienen de adentro llegan lejos… creo.

14Dec

Esto

“Sólo espero que tus impulsos pasen eventualmente”, dijo ella.

“…y van a pasar… van a pasar”, pensé yo.


Extrañamente la nueva era digital determinó que lo importante en la imagen era la calidad y la alta definición y que en el sonido, lo importante era la “portabilidad”. Los mp3, el iPod los archivos que suplantaron al CD, las transferencias de datos que reemplazaron los Hz y cortaron bandas “Igual, ni notás la diferencia de la compresión”, dijeron muchos. Y puede que sea cierto en alguna medida.

Pero de vez en cuando uno se cruza con la posibilidad de escuchar bien música. Tal vez, el mismo archivo que muchas veces sonó en los diminutos auriculares, o en el auto. Pero esta vez, con un buen equipo. Y no hablo de un equipo imposible de alcanzar. Simplemente un equipo decente, que no cuesta más que el “Super HD True Color Real HD LCD LED TV” y ahí es cuando da placer escuchar música.

Tal vez, esto de las nuevas tecnologías sea tan bueno como usar un zapato apretado. Es espectacular el placer que da sacárselo. Así, escuchar mp3 comprimidos o música en equipos pedorros que no son fieles a los compositores, músicos e intérpretes sirve para que alguna vez en la vida, nos dignemos a escucharlos como se debe y dónde se debe y nos durmamos en el placer que da re-descubrir la música. Porque no es la misma, porque no suena igual, porque se pierden los matices y ahí es donde está la esencia.

Hoy, es uno de esos días. Recién mudado me armé un equipo de sonido decente. Una potencia, un mixer y un buen par de bafles. Todavía me falta armar la bandeja y poner algún que otro vinilo (¡Retrógrado!, me gritará alguno) pero que lindo que es armar esa maraña de cables, conectar todas las terminales, bajar los potes, prender el equipo, elegir qué tema escuchar primero, poner play… y sentarse a redescubrir la música.


12Oct

Borrame

En esa terraza, llegaste sin que te invite y te sentaste justo al lado mío y trajiste un viento del sur que venía medio freso. Llegaste sin que te invite, vos y tu carita de culo con ganas de pelear, llegaron juntas. Y se sentaron al lado mío y trajeron el viento del sur que venía fresco, medio fresco. Sin querer y sin interesar, como esas cosas que vienen “de la nada” (lo que sabemos muy bien, es una gran mentira. Nada viene de la nada), derrochaste alfileres, pero no de los que duelen, sino de los que pinchan con gracia, los que juegan a ser malos pero son demasiado buenos y sonríen. Y sonreíste y me hiciste reír, y mucho. Y te sentaste sin permiso justo al lado mío y el viento frío del sur que trajiste me fue sentando cómodo y me olvidé que antes estaba más cómodo y tu incomodidad me acomodó.

Hablando de pasteles y óleos te dije “Si no estuvieran éstos acá, te encajaría un beso ya”. Y el viento helado sopló para tu lado y las palabras, tan vivarachas que saltaban de tu boca minutos antes corrieron como una liebre y se escondieron vaya uno a saber dónde, pero también arrastraron tu mirada que se clavó en la mesa. Vos y tu irrespetuosa postura que habían invadido mi tranquilidad se sintieron invadidas por un deseo que era tan mío como tuyo. Y te llegó un mensaje, y volviste a reír y agendaste y me encontraste más tarde… porque me buscaste más tarde. Subieron un escalón, vos y tu irrespetuosa actitud, sin que las invite. Subiste ese escalón, no cualquier escalón, buscándome sin buscar, queriendo pero sin querer. Desafiando lo que no querías desafiar…

Ya habías acariciado de más. Ya habías sido sutil en la mirada y esas manos habían hecho pausas demasiado largas. Pero preferiste dejarte llevar otra vez y partiste irrespetuosa sin dejar promesas, sólo adjudicando robos que sabemos no lo fueron. Llegaste sin que te invite y te fuiste sin que te echen. Te olvidaste el viento del sur que trajiste, y dejaste medio fresco el asunto… Igual la pasé bien. Muy bien. Nos vemos.


23Sep

Postales

El que no arriesga no gana, pero el que arriesga no siempre gana pero el que no arriesga, nunca va a saber si hubiera ganado… yo prefiero saber.

Fueron postales, llamados, vinieron risas, ideas. Fueron canciones y volvieron más canciones. Fueron secretos, caminatas y vinieron bufandas y caricias. Fueron manos y besos, vinieron palabras y miradas. Fueron pagarés y vinieron cervezas. Fueron manotas y volvieron golpes en la frente. Fueron bichos canastos y volvieron ojos que picaban. Fueron hombritos y vinieron risas. Fueron peleas y volvieron entre líneas. Fueron holas y volvieron “uffs”. Fueron dhjegwfdhj y volvieron hondos respiros. Fueron idas y vueltas, vinieron vueltas e idas. Fuimos y vinimos. Más de una vez.

 

Yo estaba allá, vos estabas acá. Ahora yo estoy acá y vos estás allá. Pero tu allá queda mucho más lejos. Vos querés estar allá. Y allá, no sabe la suerte que tiene de tenerte cerca.

Momentos en los que uno respira hondo y trata de llenarlos de algo que está en el aire pero que nadie más siente…

 


24Aug

Uff

Puede que haya estado de más definirlo. Pero me hizo bien.

Uff.