21Jan

Risas

Cuando era chico, muy chico, y pasaba mis veranos en el campo de mis primos cada vez que estaba solo y escuchaba el “Hu, Hu, Huhuhu” que hacen las palomas, pensaba que era el sol que se reía de mi.
Me acuerdo que llegué a pedirle que no se ría en voz alta.

No sé proqué pero esta foto me hizo acordar.


Habían pasado poco más de 5 años desde la última vez que nos vimos. Había sido en España. Recostada en su cama de sábanas blancas y tupidos almohadones simplemente se había quedado mirándome. Desnuda, con su blanca piel y la mirada clavada en mis ojos. Recuerdo que la luz de la ventana iluminaba todo su cuerpo, que se exponía sin pudor y una pequeña sonrisa se dibujaba como una mueca, expresión de ternura, deseo, timidez y sobre todo, inocencia. Su lampiña figura posaba para mi mientras la abandonaba entre la multitud.

Esta vez me tomó por sorpresa, su versión vestida ya no estaba a su lado, y extrañamente el paso de los años no se notaba en toda su figura. Seguro que a mi sí, pero ella no se esforzó en demostrarlo. Me miró como si el momento fuera el mismo, exactamente con la misma mueca en sus labios, con la misma desnudez de su mirada, con su pelo enrulado en el mismo sentido y con las mismas sábanas blancas que en algún momento deben haberla sabido cubrir.

Esta vez estábamos en Francia y por más que el idioma era distinto, clavó su mirada en mis ojos, sorprendiéndome. Sus pupilas no latieron como expresión de sorpresa. “No esperaba verte acá”, pensé. Y ella no expresó palabra, se quedó impávida, inmóvil, blanca e iluminada en su total desnudo, colgada de una pared, como la última vez que nos vimos. Y me miró y la dejé ahí abandonada, como hice la última vez. “Me volviste a intimidar”, pensé.


No sé cuantos años tenía yo. Me acuerdo que era bastante niño, lo suficientemente niño como para sentarme a almorzar en “la mesa de los chicos” y ser relegado de compartir las charlas de “los mayores”.

Era invierno, y estábamos en un centro de ski. Como solía suceder generalmente en estas situaciones, las vacaciones de invierno eran la mejor excusa para que los padres puedan escapar de la ciudad, y juntándose con amigos, lograr que sus hijos, adolescentes y no tanto, quemen las energías características de la edad. Con esa excusa nos encontrábamos todos en un centro de ski, pleno almuerzo, caras rojas de sol, manos heladas de nieve, pilas de camperas por todos lados, guantes, bufandas y mucha manteca de cacao para los labios.

La mesa de los grandes estaba conformada por un gran número de padres jóvenes, tal vez 4 ó 5 parejas que promediaba los 43 años y la mesa de “los chicos” con todo el producto de tanto amor entre esas parejas. Niños y niñas de todas las edades disfrutando del ketchup y las papa-fritas, alardeando de los bien que esquiaban y organizando una carrera para después del almuerzo.

Sentado en la mesa de los niños como correspondía, me di vuelta para preguntarle alguna pavada a mi padre cuando vi que todos observaban atentamente a uno de los comensales de esa mesa. No recuerdo quién era exactamente pero nunca pude olvidar sus frases. Sentado con una polera negra hasta el cuello, muy seriamente, increpó a todos los de la mesa con mucha sonrisa pero un dejo de tono a penitencia y reto: “Uds. los de Buenos Aires, se la pasan hablando de cosas serias todo el tiempo. La economía, la crisis, la inseguridad, el precio de la nafta, lo que sea. Pero siempre hablando de cosas serias. A mi me encantaría hablar de si tal o cual marca de anteojos es mejor porque te tapa las patas de gallo. Hablar de pavadas, pero de cosas que te importan en serio también”. Todos se quedaron callados y alguien siguió la charla dejando de lado el tono de profundidad a su comentario.

Ya pasó bastante tiempo, ya no me siento más en la mesa de “los chicos” aunque muchas veces me gustaría seguir ahí, hacer guerra de pan y organizar carreras de ski. Pero me encuentro sentado hablando mucho de cosas serias. No digo que esté mal, pero ya estoy empezando a tener arrugas en los ojos. ¿Alguien sabe que marca de anteojos me las tapa más?


Él llegó un poco antes, aunque estaba más lejos y fue caminando y no era su ciudad. Él llegó temprano, dio una vueltas, y reconoció el lugar. Ya había estado ahí antes, pero igual era lindo recorrerlo otra vez. Recibó un mensaje. Ella estaba llegando más tarde. Se metió en el bar, pidió una Guiness y como siempre (cuando pide una Guiness) esperó. Ya lo dice la publicidad de la cerveza: “Good things come for those who wait”. El ya había decidido dejar de lado la mala onda, el rencor y el dolor que lo había carcomido hace sólo dos meses en esa misma zona, en esa misma cuadra, en esos mismos adoquines. Ahora era todo distinto, él ya sabía que pensar, sabía que iba a decir. Habían pasado dos meses de tratar de entender, de arreglar y de sostener algo que no se entendía. O una parte había sido mentira, o la otra tenía algo de maldad pura y desconcertante. Peor el ya sabía que pensar y tenía resuelto desatar las cosas por el principio, relajarse y disfrutar, transformar lo negativo en positivo y sobre todo, dejarse llevar. Seguir al conejo como dicen algunos, en fin. Cuestión que el sabía lo que iba a decir, lo que iba a hacer dónde estaba y porqué. Hacerse cargo de algo que no debía ya no le importaba, simplemente por su salud mental necesitaba una charla adulta. Pero, lo que nadie sabía era lo que pasaba por la cabeza de ella. Todo tipo de ideas revoloteaban en el aire cual polillas alrededor de una bombita encendida.

Y llegó ella, y nadie sabía que pensaba. Con cara de cansada, abrigada de por demás ,teniendo en cuenta que había caminado una cuadra y media desde su casa para llegar al lugar. Murmuró un tibio, “Hola”, dejó sus cosas en la silla y se acercó a la barra para pedir algo. Nadie sabía que había pedido. Era tiempo de cerveza, vino, café, té?. Nadie sabía que pasaba por su cabeza.

Se sentó, se despeinó un poco como hacía siempre e increpó con un : “¿Y? , ¿Cuál es el plan? ¿Qué vas a hacer?”.
Un buen puntapié inicial para dar a entender que la charla no era muy buscada, sino más bien una tarea a cumplir, un quehacer y no un “querer hacer”. Pero bueno, entre las primeras palabras “desatanudos”, llegó su café y él se pidió otra Guiness, y esperó, como siempre hace cada vez que pide una Guiness.

Las polillas se fueron quemando con la lámpara y se fueon extinguiendo con algunas palabras que las quemaron enseguida. Otros bichos más molestos fueron apareciendo en forma de pequeñas mentiras y tergiversaciones de situaciones para emparchar algo que ya no existía. Pero son bichos molestos que están si se los mira, pero en el fondo ni siquiera hacen sombra y sólo hace falta dejarlos que se quemen solos.

Ella terminó su café y ya más relajada se pidió una copa de vino tinto, se cambió de lado de la mesa y expresó su cansancio con la vida de todas las formas posibles. Sus jóvenes años no se notaban en sus ojos sino que más bien se veía la desazón de aquel que no encuentra el rumbo, como un personaje foráneo que se pierde en el medio de una ciudad desconocida y mira los carteles de las calles reconociendo los nombres pero sin saber en qué dirección está el lugar al que quiere ir, cuando en realidad el problema es que no sabe donde quiere ir.

Pero él ya había tenido tiempo para pensar su rumbo. Había golpeado muy duro y no le había quedado otra que agarrar un mapa y reubicarse. Redibujar cada paso y caminar de nuevo. Él sabía que pensar y ya no estaba más al lado de ella. Ella lo había decidido antes que el y el no había podido hacer nada para cambiar su idea. Y siguieron hablando hasta que lo crêps estuvieron listos y ella tuvo que irse y aunque ella lo invitó a el a comer “porque estoy bien con vos”, el supo decir que no. Y no por hacerse el duro, y no porque no hubiera querido, sino que Rue Rollin 19 ya tenía otro significado. Resignificar París, e incluso Francia, puede ser una tarea difícil, pero resignificar Rue Rollin 19 es casi imposible. Y más aún en estas circunstancias. Y con toda la fuerza que un “No gracias” significa, logró balbucear las palabras con cierta firmeza acompañada de una sonrisa de por medio que dieron a entender claramente su postura.

Y abrieron la puerta del bar, y dejaron dos pintas de Guiness, una taza de café y una copa de vino vacíos, en una mesa que también quedó vacía y pronto sería ocupada por otros.

Esta noche él sabe que pensar, sabe que va a dormir mejor que los últimos dos meses, sabe que va a decir mañana, si es necesario decir algo. De ella nadie lo sabe, o al menos solamente ella.

A él le sigue gustando como suena el eco de los tacos de una mujer en las callecitas de París, y no lo puede negar.


 

“Quien piensa lo más profundo, ama lo más vivo.”
Friedrich Hölderling

Poné PLAY y después empezá a leer (creo que así tiene más sentido)

(Atardece un Domingo 12 de Octubre en Rue Rollin 19, París.)

Una vez un amigo me dijo que yo me caracterizaba por buscarle un sentido a todo. Que yo suelo tratar de que todo tenga un significado, o un porqué, o un peso especial. Creo que tiene razón. De alguna manera me gustan más las cosas que tienen sentido que tienen un porqué que aquellas trivialidades que pasan y no dejan nada. Esto no significa que no me gusten las cosas cotidianas, creo que al revés, lo que trato de hacer es darle sentido a las cosas triviales y no evitarlas.

Debe ser por eso que me siento como me siento ahora. Un viaje a París para tratar de reflotar una historia que yo no quería que sea trivial, se transformó en un eso. No en trivial porque no carece de sentido ya que creo que es una “de mis mejores historias”. Sino en trivial porque pasa a ser parte de un ciclo que se repite, y se repite y se repite. Sin diferenciarse y sin la particularidad del sentido.

“So how’s it gonna be?” Se pregunta José González en “Cycling Trivialities”. Yo me hago la misma pregunta.

Porque el ciclo trivial de un atardecer en Rue Rollin 19, París, es simplemente eso ahora. O al menos tiene que serlo, ya que esa dirección y ese atardecer no tienen sentido ni me esperan. No hay un porqué más allá del ciclo. Cuando el sol baje sólo van a ser trivialidades cíclicas.

¿Será un error entonces buscarle el sentido y la profundidad a todo? ¿ Hay cosas que simplemente pasan porque pasan? Si es así, ¿Porqué se visten de seriedad, de compromiso, de sueño y de historia en común? ¿Porqué se tiñen de foráneo, de frialdad y de distancia evitando el cariño, el afecto y la historia en común?

Como el Conejo, no hay que dejar de moverse y siempre avanzar. Lo triste no es ver que a uno no lo quieren acompañar como uno quiere, lo triste es seguir al conejo solo. Pero no se puede obligar a nadie a que crea en lo que no cree, ni a que sienta lo que no siente. Ni a que exprese lo que no quiere expresar.

Cruzar un océano puede no significar nada para algunos, pero para otros sí tiene sentido. Lo lindo es saber que uno hizo lo posible y la felicidad está en que por lo menos traté de entender, luché, respeté, viajé, demostré y sobretodo, amé. Creo que eso nunca es un error.

…y de alguna manera intento escapar y que no todo lo que hago termine siendo un ciclo de trivialidades más.


Los objetos que vuelan tienen una atracción sumamente extraña. Desde chico siempre me fascinó todo aquello que desafiaba la gravedad. Se desperendía de mi mano y simplemente “volaba”. Cualquier estupidez, tenga alas o no, si se sostenía en el aire, me lamaba la atención.
Ahora ya no soy chico, pero las cosas que vuelan me siguen atrapando.


24Jul

relatividad

Es como volver un día del laburo: Vas en el auto, tranquilo, despacio, hay tráfico. En la radio alguien cuenta que una vez jugó al truco con Tinelli contra Maradona y no sé quién más en Sevilla. Y pensás en tus amigos, los que están en Buenos Aires y los que no. Pensás en tu familia, la que está en Buenos Aires y la que no. Pensás en tus amores, los que están y los que ya no están…
Y llegás a tu casa, y pensás en las cosas que tenés que hacer. Las valijas, tu ropa, tus fotos, tus cosas, tus recuerdos. Tenés mil cosas para hacer. En dos semanas te vas a vivir a USA. Por más que trates de no pensar está ahí. Querés que sea ya. Querés que sea hoy. Pero faltan dos semanas y pico.
Y pensás en Tinelli y en Sevilla y en Maradona y en las distancias. BsAs-NY, NY-París. Todo te parece lejos, pero a la vez sabés que es muy cerca.
Y te acordás de una charla con amigo donde delirabas sobre el amor. “No es cuestión de creer o no en el amor. El amor no es algo en lo que se cree”. “El amor no existe”, concluyeron. “Al final , lo que uno hace es elegir y jugársela, ¿o no?”
“…Que se yo.” pensás. Ya no sabés que es cada cosa ni quién es quien.

Y estás muy cansado y te acostás en el sillón, te sacás los zapatos, apagás la luz, ponés la música en shuffle… Y como la música te conoce suena este tema:

Y antes de quedarte dormido pensás que estaría bueno escribir sobre esto porque de alguna manera te hace feliz.


[El siguiente texto fue escrito el 20 de Noviembre de 2006. Lo encontré haciendo un poco de orden en mi disco rígido -que de rígido no tiene nada-.]

“Esta historia ya está escrita, como todas las historias. Seguramente los personajes tengan otros nombres, los paisajes no serán los mismos pero la historia se repite, y es tal vez por eso que las cosas nunca cambian, o sí lo hacen.
Hay veces que no me alcanza con vivirla, sino que también tengo que verla escrita, verla filmada, verla proyectada. Ese es el motor que me motiva a vivirla. Porque al final un barrilete no es más que una forma de ver el viento.
Lo mismo me pasa a mi con estas cosas. Necesito verlas para darme cuenta que existen, necesito contarlas para expresarlas y transformar la transparencia de las sensaciones en un mundo de imágenes que a veces son lo que parecen, y por eso saco fotos, por eso me gusta grabar.
El viento que nos mueve no se ve.”

[Me gusta la atemporalidad de las palabras]


“Creo que la perfección existe, sólo por unos momentos, hasta que pasa algo más perfecto aún”

…y subimos las escaleras iluminadas por velas. Había mucha gente, pero mucha gente. Iban y venían. Miraban como si te conocieran, me miraban como si me conocieran. Querían conocer, querían caras amigables. Querían compartir ese no se qué de una noche medio bizarra en un lugar que no era de alguien y esa noche se hizo de todos.

Y como vouyeristas entrenados, miramos cada rincón, buscamos cada obra, exploramos cada ambiente y seguimos subiendo. De a ratos de la mano, de a ratos mirándote como de lejos. Había mucha gente, pero mucha gente.

…y subimos las escaleras. Por turnos dejamos bajar a los que bajaban y subir a los que subían. Y pasamos el último piso, y descubrimos que se podía subir y seguimos subiendo, por las escaleras oscuras iluminadas por velas, a veces de la mano, y a veces mirándote como de lejos.

Y llegamos al límite. Ya no había donde subir y no queríamos bajar. Y ya no había tanta gente.

Estábamos en la terraza y era de noche y se veía Buenos Aires, y a veces de la mano y a veces te miraba de lejos. Y estabas vos, y estaba yo y…

¿Qué puede ser perfecto?


La película “Into the wild”, dirigida y escrita por Sean Penn está basada en la vida Christopher Johnson McCandless.

SI NO LA VISTE, NO SIGAS LEYENDO. PERO VOLVÉ CUANDO LA HAYAS VISTO.

En 1990, este personaje, de alrededor 22 años, se recibió de una de las mejores Universidades de EEUU con excelentes notas. Donó sus ahorros (Nada más que US$24.000) y con un poco de plata que le quedaba se fue a recorrer su país para hacer un viaje que tendía dos etapas.

La primera etapa de su periplo consistió en vivir deambulando, conociendo gente y adquiriendo experiencia. Alejarse de su entorno natural y recorrer EEUU. La segunda etapa, y la más importante para el, consistía en irse a vivir a Alaska en lo que el llamaba “La Gran Experiencia”. Vivir solo, aislado de la civilización, cazando y alimentándose de lo que la naturaleza le proveyera.

La película podría ser considerado un clásico roadmovie yanqui, donde la ruta es la excusa para narrar lo que se conoce como “el viaje del héroe”. Un viaje donde en este caso Chritopher tiene que volver a nacer, rebautizarse y redefinirse a sí mismo como un alguien, como persona y como ser humano. Se cambia de nombre y decide llamarse Alexander Supertramp. Arraigado en la literatura de autores como Jack London, Leon Tolstoi y Henry David Thoreau, especialmente éste último quien ya había ficcionalizado experiencias de vida en solitaria contemplación.

Con una sola impronta, la de llegar a Alaska y vivir su experiencia máxima, Chritopher se rebautiza a sí mismo. Niega su pasado, su nombre, sus pertenencias, su familia e incluso su identidad. Sus padres y su única hermana no tienen noticias de el durante todo este viaje. Con una necesidad extrema de encontrarse sólo se lanza al abismo y deja que su viaje interior impere todo aquello que lo rodeó, lo hizo crecer y lo acunó durante tantos años. En este viaje, no hay lugar para su familia ni sus amigos. Sin importarle el sufrimiento de sus pares, Chrsitopher deanbula por EEUU en esta búsqueda.

Cuando logra llegar a Alaska, ya después de casi dos años de viajar como un trotamundos sin dar señales de vida a sus seres queridos, encuentra un lugar para acampar. Su paraíso, su espacio de contemplación. Un colectivo abandonado en el medio del bosque, utilizado por cazadores en alguna época pasada.En su nuevo mundo de naturaleza extrema va realizando anotaciones día a día de lo que va haciendo y pasa la mayor parte del tiempo explorando, buscando comida y leyendo. Con muy poca experiencia para la caza y la supervivencia, empieza a pasar hambre y con el hambre le surge el miedo y con el miedo se encuentra sumerge en una profunda tristeza. Es esta situación límite y sobretodo, el miedo a la muerte lo que lo lleva a tocar fondo. Se da cuenta que necesita de su entorno, que necesita a su familia y a sus amigos y a la civilización para compartir su alegría. Como el claramente describe ne sus notas: “La felicidad es sólo real si se la comparte”.

El egoísmo lo aisló de los que más lo querían. En la búsqueda del YO dejó de lado al nosotros, para transformarlo en un ustedes y cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Quiso volver, pero el río que había cruzado 3 meses atrás ahora tenía demasiada agua y era imposible cruzarlo. Sólo, sin comida, sin un mapa y sin medios para pedir ayuda, comienza a morirse de inanición.

A sólo 30 kilómetros de una autopista, a sólo 10km de un puente para cruzar el río, Christopher Johnson McCandless muere de inanición. Sus últimas palabras escritas en un libro decían: “I HAVE HAD A HAPPY LIFE AND THANK THE LORD. GOODBYE AND MAY GOD BLESS ALL!” y firmaba con su nombre real. Nació como Cristopher, quiso vivir como Alexander pero decidió morir como había nacido. Su cuerpo en descomposición fue encontrado una semanas más tarde por cazadores adentro del colectivo.

Cuando vi la película e investigué un poco sobre la historia de este personaje surgieron varias preguntas.

¿Hasta que punto vale la pena seguir el impulso por un viaje interior? ¿Hasta dónde podemos negar nuestro pasado y lo que tenemos a nuestro alcance? ¿Qué necesidad tenemos de renacer por nuestros propios medios?

De alguna manera me reconforta saber que quiso volver. Por sus escritos en el diario que llevaba, parecería ser que se encontró a si mismo y quiso volver para compartirlo. Su egoísmo desapareció y quiso volver. De alguna manera aprendió a saber perdonar al otro, saber pedir ayuda, poder darle a cada cosa su medida y ser autocrítico. Creo que es fundamental hacer estos viajes interiores buscar el verdadero YO y tratar de entender que es lo que uno quiere y sobre todo estar siempre buscando. Pero sin negar nuestra esencia.

Este autorretrato estaba en de la máquina de fotos encontrada en el colectivo junto a su cuerpo. Se lo ve contento, y esta foto tal vez sea una forma de compartir su felicidad… nunca lo voy a saber. Si se le hubiera ocurrido llevar un mapa…

No hay que dejar de moverse, no hay que dejar de buscar, no hay que dejar de viajar. Pero llevá un mapa así podés volver a contarnos cómo te fue. ¿No?

P.D.: La música de la película es de Eddie Vedder, el disco se llama igual que la película. Altamente recomendable!